El hotel que había elegido María para mi madre estaba sobre la misma playa. Era un edificio de antes de la guerra, alargado y de sólo dos plantas, con una gran terraza frente al mar. En el piso superior se abría una galería de arcos que daban a las habitaciones, y la fachada estaba coronada en su parte central por un rosetón con el año ‘1927’ en relieve pintado de añil. Tenía un agradable aire de balneario decimonónico.
A Cristina le gustó su habitación, desde la que se veía toda la bahía y, al otro lado del mar, el pueblo de Roses entre la bruma.
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